El flautista de Hamelín es una conocida fábula de los Hermanos Grimm que cuenta un misterioso hecho ocurrido en esa ciudad alemana, que primero afectó a las ratas y posteriormente a sus niños. En la actualidad, con respecto a los niños, han aparecido los nuevos flautistas de Hamelín, como son los ordenatas, o la PlayStation, o la Wi-Fi.
Por ello, ya han surgido voces de alarma. Débiles, pero significativas. Y así por ejemplo, recientemente el Ayuntamiento de Nueva York ha llenado la ciudad con carteles en los que se ve al genial monstruo Shrek diciendo: ¡Juega una hora al día! (¡por lo menos!, añadiría yo). ¿No es increíble?
Hace menos de cincuenta años, las madres se desgañitaban llamando por la ventana a sus hijos, que estaban jugando en la calle, para que subieran a cenar. Ahora también se desgañitan, pero para que abandonen alguno de los artilugios electrónicos mencionados.
Y en esta adicción a las pantallas no hay clases sociales, es más fácil que en la casa del pobre entre algunos de estos aparatos que un libro. Pero muchos intelectuales, temerosos como siempre de ofrecer una imagen obsoleta, cantan sus excelencias, como en los cincuenta hicieron del coche, sin permitir que se les ponga ningún reparo. Los políticos también se apuntan a tal celebración. Todos exhortan a padres y educadores a no perder el tren informático. Parecería ser que si los niños en un mundo digital, ¿por qué obligarles a un mundo obsoleto, despreciando lo nuevo, cuando están en la escuela o fuera de ella?
Pero es alarmante la cantidad de horas que un niño pasa frente a esas pantallas electrónicas. Me atrevo a afirmar que necesitan algo más sencillo para entender el mundo, que al fin y al cabo es el objetivo de toda verdadera educación. Pienso que necesitan por ejemplo: la voz humana del educador (profesor o padre); la necesidad de educar su sentido crítico, de expresarse, de buscar información en una biblioteca, de subrayar líneas de un libro, de escribir a mano, de leer en voz alta, etc. Yo diría que, más que obsoleto, saber mirar a los ojos de un adulto que te instruye en vez de a una pantalla, es algo revolucionario.
La gran mayoría de madres del mundo han dejado de llamar a sus hijos por la ventana. Ahora se asoman con precaución al cuarto donde están hipnotizados por los nuevos flautistas de Hamelín.